LAS CUEVAS DE ALTAMIRA
. Marcelino Sáinz de Sautuola, estudioso santanderino, que ya las había visitado anteriormente y en las que había tenido sensación de que debía haber algo, las visitó de nuevo acompañado de su hija, y con la luz de una antorcha señaló las pinturas de las rocas. Sáinz de Sautuola y el profesor Vilanova y Piera aceptaron y divulgaron desde un principio la autenticidad de sus pinturas, aunque su verdadera importancia no se reconoció hasta 20 años después de descubiertas y de dar cuenta de ello públicamente en medios internacionales. Una autoridad en tales estudios, el especialista francés M. de Cartailhac negó la autenticidad de sus pinturas y capitaneó la oposición más obstinada contra las afirmaciones del cántabro descubridor, ya que consideraba imposible que obras de tal belleza se debieran a la actividad artística de los cazadores del paleolítico. La polémica fue muy viva. No obstante, acaban por abrirse paso en congresos y academias las pruebas presentadas por Sáinz de Sautuola y el profesor Vilanova y, finalmente, cuando en 1.901 se descubrieron parecidas realizaciones del arte rupestre prehistórico en las cuevas de Font de Gaume y Combarelles (Les Eyzies, Dordoña), Cartailhac reconoce con nobleza su anterior equivocación y rectifica lo creído hasta entonces. H. Breuil realizó la primera copia de las pinturas, que fueron estudiadas de nuevo y más tarde por él mismo y H. Obermaier, y publicadas definitivamente en 1.935.
Su descubrimiento revolucionó totalmente los criterios que se tenían sobre el grado cultural del hombre paleolítico, confirmando una sensibilidad especial, bien por la religiosidad, bien por los aspectos mágicos. Los dibujos, que se remontan a unos 14.000 años, se pueden ver sobre todo en los techos de las cuevas, y representan bisontes, ciervos, jabalíes, caballos... Están realizadas con pinturas ocres naturales de rojo color sangre y contorneadas en negro. La longitud total de la cueva que es de unos 270 metros y de trazado irregular, consta de un vestíbulo y una galería, pero la sala lateral que contiene las mejores pinturas está a solo 30 metros de la entrada y sus dimensiones son 18 m. de largo, 9 de ancho y de 1,1 a 2,65 m. de altura. En ella se ofrecen en paredes y techo representaciones de caballos y bisontes, una cierva, un jabalí, en rojo, en ocre y en negro. En el resto de galerías existen otros grabados y pinturas aunque en menor proporción. Consisten principalmente en figuras de animales, pintadas en negro o grabadas, y líneas y signos diversos (tectiformes). El pintor se sirvió de las partes más salientes del recinto para hacer una especie de modelado en las figuras y darles relieve y bulto.
Los útiles
de piedra, hueso o asta encontrados en el vestíbulo, que fue empleado
como lugar de habitación proceden sobre todo de las capas correspondientes
al solutrense superior y al magadaleniense inferior. En el magadaleniense
medio se derrumbó parte de la bóveda, y en esta etapa la
cueva sería abandonada. La mayoría
de las representaciones de arte rupestre cubren el techo del gran salón
próximo a la entrada. Allí se han reconocido múltiples
figuras, la mayoría de ellas policromadas, predominando las reproducciones
de bisontes en diversas actitudes, que se intentó expresar con
mayor relieve ajustándolas a las protuberancias de la roca. Merecen
destacarse además dos jabalíes, una gran cierva de 2,12
m de longitud, varias manos y ocho antropomorfos grabados. Los colores
más usados fueron el negro, el rojo, el amarillo, el pardo y algún
tono violáceo. Las pinturas pertenecen a los períodos Solutrenese y Magdaleniense antiguo y son representaciones de un vigor y movimiento de sorprendente calidad. Juan Miró diría un día con respecto a las pinturas "El arte está en decadencia desde la cueva de Altamira". El conjunto de 70
grabados incisos sobre roca y casi 100 figuras pintadas impresiona por
el vivo realismo de bisontes, ciervos, jabalíes y caballos allí
representados, pero lo que da más valor al arte rupestre de la
cueva de Altamira es el carácter excepcional de su policromía.
Las pinturas de Altamira se pueden considerar como el logro más
avanzado, culturalmente hablando, que se tiene de la época paleolítica.
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